National Geographic POD

sábado 22 de septiembre de 2007

La Cultura en reserva


Para los improbables lectores de más allá de mi entorno familiar y amistoso inmediato debo advertir que soy vasco. En fin, que nací en Bilbao. Una contingencia como otra cualquiera, sin mayor significado esencial pero que, por diferentes razones, resulta más aconsejable de lo debido dejar constancia, mitad como autojustificación ante la —digámoslo sutilmente— fijación por algunos temas, y mitad como brújula para la ubicación de un lector desavisado al que podría extrañar que nos apasionen con tal intensidad temas que al resto del orbe parecen haber dejado de hacerlo hace algunos decenios —en el peor de los casos—.

La cosa parece sencilla, pero dista de serlo.

En este país —el vasco, se entiende, y sea cual sea, que ese es otro tema— existe un volumen importante de población que considera firmemente que el pueblo vasco vive sojuzgado, perseguido y en fase de aculturación flagrante.

Y por otra parte, vive la mayoría de la población; que no comparte ese diagnóstico y se posiciona políticamente a lo largo de un continuo —bastante fragmentado— conformado por quienes consideran constituir una entidad política con derecho a mayores cuotas de autonomía —en concreto, a las conducentes a la independencia total— y quienes creen suficiente el encaje en el sistema político y jurídico español, en muy diversas gradaciones.

Entre tanto, todo este panorama es condicionado por la intervención terrorista de Eta, organización que dice tener intereses independentistas y de liberación socialista -entiendo que legítimos en sí mismos- que promueve con una metodología que violenta por igual los derechos humanos y la inteligencia más elemental. (Excurso: es muy cierto que muchos otros elementos de la política vasca tampoco son un dechado de aptitudes cognitivas pero al menos no suelen amenazar de muerte a quien se lo recuerda, una diferencia, para mí, sustancial).

Se lo he tratado de explicar a los lectores foráneos —a los que no sean nacidos en Bilbao, vamos— y, de paso, a mí mismo como resumen, porque, no crean, ni los lugareños lo tienen —lo tenemos— excesivamente claro.

En este collage coexiste el sufrimiento de miles de personas a las que se violenta y atenta con asimétrica frialdad y el desafío, simultáneamente y con total impunidad moral e intelectual, a la lógica argumental más elemental.

En esta tarima, los personajes son innumerables.

A indicación de un amigo, leo en la edición de hoy del único Diario que se publica en euskera, Berria (http://www.berria.info/), una columna firmada por un escritor llamado Fredi Paia. En ella sugiere sin rebozo —con dos, sí señor— la posibilidad de crear —por vía legislativa— “reservas culturales” garantizadas mediante una política urbanística que tenga en cuenta aquellas zonas donde entre la población residente haya un importante volumen de hablantes en euskera. Es decir, no me traiga Usted, amigo constructor, un volumen de población que hable otro idioma —el mayoritario, vamos— porque se me dispersan los hablantes, literalmente. En el trasfondo, la mítica teoría txepetxiana de la compactación de los hablantes de esa lengua —siendo un colectivo reducido— como herramienta para evitar la erosión y potencial pérdida de la lengua.

Fredi Paia es joven. Muy joven. Ignoro qué lee —lo intuyo, pero poco más—, pero al menos sí que estoy convencido de que pertenece a ese colectivo de población alter que encuentra soluciones con una sencillez y una inanidad intelectual apabullantes. ¿Que la renta se distribuye desigualmente? Pues se la quitamos a quien la tiene, abolimos el sistema y vamos que nos vamos. ¿Que el euskera no importa un bledo a gran parte de la población? No pienso preguntarme porqué en absoluto. La culpa es de aquellos que no lo aprenden, banda de españolazos. Al fin y al cabo, cuatro generalidades contra el sistema y estado ya son suficientes, para qué más. ¿Los derechos humanos? Pues los míos sí, ahora que lo comentas. Que desalojan Gaztetxes, golpean y cercenan nuestra libertad de expresión y asociación. ¿Simetría valorativa? No, eso no.

La extrema concreción en la denuncia ante las injusticias sufridas en primera persona se disuelve en abstracciones, contextualizaciones y metajustificaciones defensivas cuando las amenazas, los asesinatos y las extorsiones las sufren los otros.

Así que, constructores del mundo, sepan que circula un anteproyecto de ley —este es un país de escasos pensadores, pero de infinitas teorías y anteproyectos— de urbanización lingüística.

Y, vascos del mundo, sepan que esta es parte de las generaciones que nos vienen. Con columna en prensa y todo. Sin cambios, por tanto. Aldaketarik ez, beraz.


P.S. Anticipo atribuciones de españolidades y antiabertzalismos: estudié en euskera desde la más tierna -incluso la mía lo fue- infancia. Es la lengua originaria, también, de mis padres. Y, en todo caso, si mi relación con el euskera no fuera ésa, mi argumento tendría exactamente el mismo (poco) valor. Por comentar.
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